Ella era como el fuego:
pura e incandescente,
ardiente como una estrella.
Él era hiedra espinosa
enredada entre sus brazos,
amarrando sus manos...
haciéndolas sangrar.
Ella era rosa en un jardín de girasoles,
que giraban, obedientes, al sol.
A ella no le guiaba nadie,
ella era su propia brújula,
una brújula rota,
que buscaba de todo menos el norte.
Él se creía el centro del mundo,
tenía una corona de madera
podrida de fantasmas.
Buscando una bailarina
que convertir en piedra.
Pero hay ángeles
que no necesitan ir al cielo,
a ella no le gustaba el malibu
ni en vodka,
era de ron y ginebra.
No necesitaba tatuar sus recuerdo
de ninguna forma que no fuese tinta.
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